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¡Desenchúfenlo, por favor!

14/08/08

Como el fútbol mueve ante todo emociones no debe sorprender que forme parte también de nuestro inconsciente y que las ansiedades y temores neuróticos encuentren en él modos de salir a la superficie. Y, por supuesto, también en el sueño el fútbol puede dar forma simbólica a nuestras angustias y a nuestras frustradas ambiciones.

Hay malos sueños que son comunes a muchos aficionados. El gol que no se puede meter, la pierna inmóvil que no reacciona para empujar la bola que se desliza sobre la raya. Y el autogol horrendo en la final decisiva o esa pelota que, en el último minuto, se nos escurre vergonzosamente de las manos. O ese penal que ni siquiera pateamos porque tropezamos y caemos de cara sobre el asombrado esférico.

Yo tengo uno más escalofriante. Soy poco menos que Jack Bauer y me torturan para revelar un secreto del que depende la supervivencia de millones de seres humanos; entre ellos, mis padres y mis hijos. Un sujeto se aproxima con una aguja y el malvado enemigo me anuncia que, si no hablo, me van a tatuar una “U” sobre el pecho que jamás podrá ser retirada de mi piel, haga lo que haga. ¿Qué decidir en este espantoso trance? Lo mejor es siempre despertarse, claro.

Pero no es el peor que he tenido. La pesadilla más horrenda ocurre en París, a donde he acudido para visitar a mi hermano. Me entusiasman los estadios extranjeros por lo que asisto al Parc des Princes, una obra de arte en concreto bruto, para ver al Paris Saint-Germain que juega contra el Olimpique de Marsella. Llego tarde por culpa de mi confusión en la salida del metro y mi sitio, en la tribuna F, está ocupado por los fanáticos del equipo de Marsella. No importa, me paro junto a uno de esos guardias inmensos y espero la salida de los equipos. Es entonces cuando ocurre lo inimaginable, la más tremenda traición de mi inconsciente perverso. Por los parlantes, habitualmente callados, se escucha, en plena capital francesa y con los más altos decibeles una guarapera voz que nos grita: “señorrres y señorrras, chocherrritas, liiindas taaardes”... Conozco cuándo he soñado semejante crueldad porque mi mujer me dice que he dado un alarido mientras dormía a media noche.

A veces, en mi casa me decido a ir a ver al Alianza, el club amado. Supero la inseguridad, las calles rotas, hasta el mal juego del equipo. Pero cuando la memoria auditiva me trae el grosero sonido de los parlantazos de Matute y el eco de las pastosas  sogas (cuerdas no son) vocales del señor Archimbaud (¿será por este apellido que lo ubico en París?), me vuelvo a acomodar y lo pienso dos, tres, cien veces.

¿En qué estadio del mundo hay un señor alojado en el palco principal con un micrófono en la mano que le permite hacerse escuchar, cuando le da la gana, más fuerte que la propia barra? Pero no es simplemente su vocinglería lo que me fastidia. Es peor. Es el contenido de lo que dice, ese criollismo sabidazo que le permite ponerle apodos a los jugadores o contar lo que considera chistoso sobre el jugador que calienta para ingresar a la cancha. Así hizo el anuncio del ingreso de un Alexander Sánchez debutante diciendo con su estropeada voz que se alistaba “arrocito” Sánchez. Y el apodo, racista por supuesto, aludía a los labios del jugador, un “bistec al que sólo le falta el arroz”, según su propia gracia. Al chico le molestó pero no hay modo de cambiar a quien se siente tan inspirado, tan seguro de su vivazo humor.

¿Puede un locutor poner apodos a los jugadores de un equipo profesional? ¿Y contarlos a través de los parlantes? ¿Y qué decir de la complacencia con el presidente de turno, del que tenemos que enterarnos de su cumpleaños o de cualquier otro aniversario que celebre el jefe? ¡Dios! Ya suficientemente malo es el fútbol peruano, lo que uno ve, como para convertirlo en un espectáculo audio-visual con lo que le brota de  la garganta a este señor engolosinado  con la atropellada dicción de su propia voz.

Así que esta es la pesadilla que opaca al Apocalipsis de San Juan y al Infierno del Dante: estoy en París, en este magnífico estadio y su brillo rojo y azul, rodeado de franceses y maravillado por la belleza arquitectónica, cuando escucho “… que prrreside (dignamente, maravillosamente, extraordinariamente) el arrrquitecto Carrrlos Frrranco yyy Chipocooo…” Entonces zapeo, cambio de mal sueño: prefiero al mastodonte que viene  con su aguja eléctrica a intentar tatuarme esa indeleble y espantosa “U” sobre mi epidermis. Por lo menos éste se acerca en amable silencio y cuando despierto siempre conservo el pecho intacto. Con el otro, el temible locutor afónico, sólo queda suplicar lo que mi prima Susana clamó cuando vio a su abuelo de cien años entubado sobre la cama del hospital: ¡Desenchúfenlo, por favor!

 

 

 

 
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